13 de junio de 2011

Génesis [Capítulo 1.007] - ¿Qué haces?

Su voz me sobresaltó. Cómo era posible que justamente él supiera dónde estaba. Hoy que había tenido uno de esos sueños aterradores llenos de soledad.


Fue una despedida, una con mis amigas e iba camino a casa llena de nostalgia. Al llegar y medio segundo después de haber cerrado la puerta, la pobre sonrisa que llevaba en mi rostro de esfumó. Los planes que tenía para regresar con ellas y festejar algo que aún no me quedaba del todo claro. Estaba completamente sola y con la oscuridad amenazando embargarla; llena de misterio y tristeza flotando en el aire; parte de mí pretendía saber qué hora del día era, cerca de eso de las seis de la tarde, tal vez media pasada la hora, el crepúsculo comenzaba a resplandecer ya que alrededor de las cosas había sombras adornándolas.

Pasé de largo por el pequeño comedor, en la mesa un plato y un vaso daban muestra de que mi hermano había estado no hacía mucho tiempo atrás. Manteniéndome extrañamente callada mientras caminaba en la zozobra de luz que aún podía pelearle a las sombras aunque hubiera jurado que una espesa neblina me acompañaba todo el tiempo. Subí con sorna por cada uno de los escalones hasta llegar al segundo nivel, una maldita sensación de que algo estaba perdido me embargó con fuerza cuando terminé de subir. Algo que ya no tenía más en mí…

En la habitación de tu mamá…

En un susurro fantasmal me dijo uno voz muy extraña, una muy lejana y poco parecida a las hostigadoras con las que suelo hacer conversaciones propias. Como si perdiera fuerza de voluntad me adentré en su habitación, con la mochila aún cruzada en el torso, era yo misma a la edad de diecisiete no más, comencé a deambular por la habitación. En esta ocasión no estaba arreglada parecía no haber estado habitada de hace tiempo, no distinguía lo suficiente por encontrarme preocupada con el hecho de la oscuridad hasta cierto grado tenebrosa que reinaba, la falta de algo sin saber exactamente qué era me hacían sentir nerviosa.

La cama, en la cual me senté esperando que de alguna manera me reconfortara, se sentía más fría de lo habitual, desolada y abandonada de años; en lo absoluto se parecía al ambiente cálido que siempre había en la habitación de mamá. La luz que se filtraba por la ventana era nula de un tono azul grisáceo, la cortina estaba cerrada y lo peor era su aspecto sucio y raído, volteé varias veces a corroborar su aspecto tratando de pensar que solo era una mala visión. Sentí un frío punzante en el pecho, un miedo… ¿me había abandonado?

Ella se fue.

Dijo la misteriosa voz como si fuera una nube flotando por toda la habitación.

Ella te ha dejado.

Ahora fue dentro de mi cabeza. Sombría, orgullosa, mal habida, era su aspecto. Aunque yo serena en el exterior, incrédula a la vez, yo misma me imaginé que, con encender la luz de la habitación, podrían alejarse todos esos mal vibrosos sentimientos que me atormentaban y por supuesto la claridad despejaría lo que pretendía ser real.

Entre los colores grises de la casi noche, me incliné a la mesita a un costado de la cama para encender la lamparilla. Tiré dos o tres veces de ella con desesperación. No funcionó y al darme cuenta de lo que alrededor de ella había; se notaba sucio, desgastado y polvoriento.

Ella se fue, es verdad, ella ya se fue.

Con presunción y seguridad se dejó escuchar la voz. Yo, desde luego no me iba a dar por vencida. No hasta dejar claro lo que pasaba, en lo extraño de esta situación, lo ajeno que se había convertido mi casa. Me levanté de la mullida cama, al hacerlo, también pude ver un poco del pasillo y el reloj que colgaba silencioso en una de las paredes contrastantes de colores y familiaridad de siempre comparada a lo extraña de la habitación. Era como estar en dos mundos diferentes con tan solo un marco de puerta de diferencia; confusa, no podía ver con claridad la hora que marcaba el reloj por más que me esforzara. Volví mi vista al botoncillo blanco que encendía la luz. Al presionarlo, funcionó… por un par de segundos, hubo la tan ansiada y clara luz…

Mira los cálidos colores con los que siempre ha estado este lugar y lo estarán…

Una nueva voz se interpuso, tal vez la mía aunque propia de un énfasis maduro.

No pasa absolutamente nada Maureen.

Repitió la voz dulce, pero tan pronto como duró la sensación de bienestar la luz titiló y se esfumó trayendo de vuelta las malas sensaciones.

– ¿Qué pasa?

Dije en voz alta mirando el foco que antes iluminó, asustándome ahora con su oscuridad como si de alguna sombra fuera a salir un fantasma y pegarme un susto mortal.

– ¡Ay, vamos Maureen! Esas cosas no pasan de a verdad.

Me volví a repetir. Salí de la habitación de mamá entre sombras…


… Γ έ ν ε σ ι ς …


– Sal de ahí Maureen pareces indigente entre las sombras.

Mi voz no era de burla, no lo pretendía. Hace tiempo ya, Georg me había comentado que ella tenía un lugar para esconderse, no se lo creí. ¿Esconderse de quién? ¿Por qué? ¿Para qué? Y hoy que no la encontré por ningún lugar de Mancher o al menos los que sabía en donde era lógico encontrarla, no me quedó otra alternativa que buscar en ése, y sí aquí estaba, hecha ovillo en un rincón aspirando fuertemente por su nariz. Lloraba.

– ¡Hey, Maureen! –susurré un poco más preocupado– ¿Estás bien? Puedo…

– ¡No! –espetó– lárgate de aquí, ¡Lárgate como todos!

– ¿De qué hablas? –pude ver como hundió la cabeza entre las piernas.

¿Cómo todos? Pensé para mis adentros. De qué hablaba.

Aproveché que mis pisadas no hacían ruido para acercarme a ella lentamente hasta que se sintió segura de poder levantar la mirada, pasó un poco de tiempo para que lo hiciera, que me mirara a los ojos, tal vez no tenía los ojos más bellos pero sabía que a ella le gustaban…


Ovalados –dijo.

¿Qué? –chicoteé la cabeza hacia abajo para tratar de encontrarme con su mirada.

Estábamos recostados sobre el sillón de su antigua casa en una posición extraña que logramos adoptar pero increíblemente cómoda donde la tenía sobre mí pecho y a pesar de eso me era tan ligera; con el televisor apagado, simplemente en silencio. Lo que me podía fascinar era oler su cuello y cabello infinidad de veces, y eso, era un secreto mío.

Con la mano derecha ocupada sosteniendo una malteada de plátano y sorbiendo con la pajilla, mi mano izquierda trabajaba en darle ligeros picotazos en su abdomen tan de prisa que ella con su mano no podía atraparme.

¿Qué con eso de ovalados? –repetí una vez que tragué el líquido.

Basta –insinuó para la acción de mi dedo– hablo de tus ojos. Son ovalados.

¿Mis ojos? –inquirí.

Tus ojos son de un tamaño con respecto a tu cara el noventa por ciento proporcionados, situados en el punto exacto, ovalados pero a la vez en el centro redondos cuando estás alegre, alargados cuando estás analítico, redondos de nuevo cuando pretendes ser pretencioso y coqueteas con las chicas; castaños con un tinte predominante ámbar, adornados con unas pestañas lo suficientemente largas y rizadas en un término medio que de frente es casi imperceptible si estás lejos. Los pequeños brotes debajo de ellos, se hinchan cuando también estás divertido. Y puedo asegurarte con los ojos cerrados –miré de reojo para ver si los tenía y efectivamente los había cerrado– que justo ahora estás sonriendo por lo que te estoy diciendo… y esos, son tus ojos.

Maureen era demasiado ociosa y fijada. Aunque generalmente no te miraba cuando hablabas con ella a menos que fuera un tema completamente serio o algún adulto pretendiera darle un sermón, no te despegaba la mirada fija en la tuya haciéndote vacilar.


– ¿Por qué has venido? –me puse en cuclillas una vez que soltó su pregunta.

– ¡Vaya Maureen, qué preguntas haces! –aunque mi tono fue suave quise no haberlo dicho– ¿Como que a qué vine?

– Sí –alcanzó a decir con un suspiro y un grueso hilo de una lágrima corrió por su mejilla y tomó la manga de su sudadera para limpiarse el rostro de los hilos húmedos que se marcaban en sus mejillas.

– ¡Pues por ti! –no sé si era el momento pero sonreí cuando alzó la mirada a mí de nuevo– ¿Qué rayos se te metió ahora en la cabeza? ¿Por qué estás así? Porque seguro yo no soy la razón –vacilé– o sí…

– No Tom…

Exhalé aliviado, en sus ojos había un tinte de frustración. Cerré los míos como si ellos se estuvieran rindiendo al sueño y me acerqué a sus labios. Su boca sabía a sal, sensación que pronto se evaporó al no soltarla y recuperó su sabor dulzón habitual; acariciar con mis labios el borde de los suyos que eran siempre suaves y ante mí jamás eran rígidos, siempre me pedían más.

No terminé de saborear cuando un instinto animal se apoderó de mí y comencé a besarla muy lejos de lo pasivo que inicié. Mis manos amenazaban con salirse de control y antes de que pudiera llegar ella a mi cuello la atajé para serenarnos.

– ¿Ahora ya estás mejor? –su respiración era irregular.

Su cara se clavó en el hueco de mi clavícula, su nariz dejaba escapar apenas un poco de aire, lo hacía más con fuertes bocanadas y cada que lo repetía sus labios rozaban ligeramente mi piel.

– Deberías dejar de tratarme como tu novia. No lo soy –refunfuñé por dentro e ignoré su comentario.

– ¿Ahora ya estás mejor? –repetí con la misma inflexión de ligera preocupación haciendo a un lado el desaire que me había propinado. En otro momento seguramente mi hermano hubiera dicho: No te agrada como Maureen siempre te da golpes bajos cuando menos te lo esperas, siempre logra ponerte en tu lugar.

– Tal vez… la cabeza me sigue dando vueltas.

– Espera –la suspicacia llegó a mí– ¿fuiste al DragonFly tú sola?

– No. No estoy drogada si eso es lo que imaginas –su frente ahora recargada en mi pecho, al hablarme con recelo, su aliento rebotó en mi playera, era tibio y su respiración aún era marcadamente irregular por el beso– y tampoco es resaca, no he ido a ese lugar desde que… que terminamos en el hospital por sobredosis.

– Bien –suspiré de alivio al recordar cierto evento nada agradable en nuestra vida– entonces es, es tu síndrome premenstrual… ¡Ay! –exclamé al sentir su puño atinarle a mi riñón– no le pegues al acero que te vas a lastimar –con el aire contenido le exclamé.

Después de que me diera santo y seña de lo que había soñado, me quedé pensando en una buena explicación para eso o algún comentario al respecto pero no me salió nada coherente. La miraba ya más tranquila aunque su rostro seguía turbio

– Supongo que sabes lo que pasa, sé que Mia le dijo a Bill de todo esto hace ya bastante tiempo, mucho antes de que yo lo supiera y por consecuente te lo habrá dicho…

– ¡Ah claro! Lo recuerdo y ciertamente también le dije que sabía de buenos médicos psiquiatras y bonitos outfits de color blanco que tienen unas mangas largas que cruzan todo tu cuerpo con hermosas hebillas múltiples en la espalda…

– ¡Tom!

– No me vas a negar que harían juego perfecto con su cabello, podemos dejarle los pendientes… ¡Auh! Deja de golpearme o te ganarás un paliza –ahora su puño se había incrustado en mi hombro. Lo obvio era que Maureen golpeaba con nula fuerza o al menos a mí persona, cuando se enojaba con Hagen vaya que lograban dejarse buenos moretones.

– El punto no es ese sino lo perturbarte que son las sensaciones que provocaron…

– Pero ¿tu mamá no te abandonó verdad?

– No Tom, hablé con ella hoy por la mañana –enarqué una ceja que le expresaba mi duda– está en Berlín.

– No será que solo la extrañas –denotaba obviedad en mi voz– y vaya, no es que no les crea todas esas cosas… que te pasan, les pasan, pero no comprendo como ahora le das explicación a muchas cosas que nos han pasado después de tantos años de conocerte y que me las cuentes alterando mi realidad, es extraño.

– Lo es para mí también Tom…

– Si a veces no te viera como hoy llorando con desesperación diría que tu temple es casi irrompible.

Después de un buen rato logré convencerla de que saliéramos de su extraño lugar exclusivo para refugiarse del dolor…


… Γ έ ν ε σ ι ς …


Me había quedado con ganas de gritarle que lo mucho que…

– Eso explica cómo es que llegaste hasta acá –murmuré cortando mis pensamientos al ver la oscura camioneta que me pertenecía aparcada con las ventanillas abajo.

– Sabes de sobra que tu némesis no me diría por nada del mundo el cómo llegar a este lugar – miré a mi hermano dentro mirando sin parar sus uñas.

– Creo que tienes un concepto muy equivocado de lo que es némesis Tom.

Caminé dejando atrás a Tom, probablemente pensando que era esa palabra que mencionó o era que lo decía porque mi hermano era su némesis, en todo caso su frase era rebuscada y si tenía un trasfondo no pensaba buscarlo ahora que la cabeza me zumbaba como si dentro de ella hubiese una estampida de animales furiosos chocando unos contra otros.

– ¿Hagen has terminado de limarte las uñas? –dijo Tom detrás de mí para luego posarse a un lado mío y extrañamente abriendo la puerta al mismo tiempo para que subiera a la parte trasera. Mi hermano sin inmutarse levantó lentamente la mirada a él.

– ¡Y también las de los pies! –dijo con aburrimiento y su rostro bajó varios centímetros hasta mí y su rostro cambió a uno de felicidad– ¡Moo!

– ¿Por qué no entraste tú? –y vi claramente como Tom se puso rígido.

– ¡Gracias Tom fue un placer que me sacaras de ahí! –se recargó en la puerta de la camioneta, me miró fijamente sin expresión y sin emoción en la voz me dijo.

Me hizo un ademán de que subiera a la camioneta con la mano extendida y así lo hice mirándolo esperando cualquier reacción de furia en su rostro. Después de mirarme por menos de un segundo exhaló cerrando la puerta con delicadeza.

– Yo… yo no quise decir eso, no desmeritarte –pronuncié cuando ya había girado su cuerpo y no me miraba.

– ¡Ya sé que no! –alcanzó a murmurar, inmediatamente se giró para llegar al lado del copiloto.

– Él insistió –me dijo Moritz encogiéndose de hombros para que le quitara la vista de encima a Tom y verlo como rodeaba la camioneta –no te aflijas no lo has hecho sentir mal.

– Pareciera que sí…

– ¿Nos vamos al mundo feliz? – Tom subió de un salto y se colocó el cinturón de seguridad.

El camino transcurrió con silencio en un principio, pronto hablaban entre ellos de ir un lugar por la noche a ratos entendía palabras sueltas de su conversación, podía notar como los locales y edificios se barrían en líneas horizontales grises, a veces con líneas de colores y mezclándose con unas tantas verdes si pasábamos por algún camellón con árboles; todo eso debido a la velocidad a la que íbamos; la gente no se distinguía por lo general, igual solo eran manchones pero destacaba uno negro en repetidas ocasiones y periódicamente hasta que poco a poco se fue haciendo más claro o yo trataba de enfocar más a fondo cada que sabía que aparecería.

Hasta que lo logré. Su cabello castaño revuelto en diferentes direcciones no se movía, parecía orgulloso y su expresión agria me revolvió el estomago en mil direcciones infinitas al mismo tiempo, desaparecía, aparecía tan veloz como parpadear.


«Yo mismo me encargaré de ti, a caso no tuviste suficiente hoy por la mañana.»


Zumbó en mi cabeza y pude sentir como la sangre me abandonaba dejándome las extremidades frías, sentía un vacio al que no pertenecía y un hervor en las palmas de las manos me quemaba…


«Todo es tan blanco como lo quieras ver… Tan extenso… mente pueda ser… frágil como quieras… existencia… sentir. »


– ¡Hey! Hagen –escuché a lo lejos a Tom– tu hermana… –parecía alarmado mientras que en mi cabeza seguía recitando, intentaba hacerlo, más bien.

– ¿Maureen? –escuché su voz. Aunque la visión era borrosa a mi alrededor tal vez pude distinguir que el volteó su rostro hacía tras.

Hallarás… respuesta… encuentras la diferencia.

– Détente, detén el auto parece que está mal –la voz de Tom sonaba alarmada, pero me pregunté por qué lo estaría –Maureen, me escuchas…

– Tom enderézate, si nos ve un oficial me detendrán –alardeó Moritz.

– ¡Por eso te digo que te detengas, imbécil! Que no la hoyes como balbucea sin sentido…


«No todo… puedas… será nítido. Siempre…»


Siempre… siempre… no podía recordar lo que le seguía a la frase. Pude sentir su fría mano sobre mi frente y con furia quise decirle que estaba perfectamente bien y alejar de un movimiento brusco su mano de mí, pero al parecer no me podía mover. Solo al parecer.

– ¡Hagen! Tu hermana está ardiendo en fiebre y tiene los ojos en blanco…


… Γ έ ν ε σ ι ς …


– Tom –le llamé esperando que de una vez por todas quitara su fija mirada de ella– Tom, Bill ha llegado, junto con Andras, están en afuera.

Silencio.

– Tom, por favor ven acá…

– Lo que yo no entiendo, es por qué no quieres que tu mamá lo sepa –murmuró.

– Ya te lo expliqué –dudé– no es algo con lo que los médicos puedan lidiar, me costó trabajo entenderlo durante muchos años, pero después de todo no es tan difícil. Es por eso que Andras está aquí, está aquí para ayudarla. Debemos salir Tom.

Él bufó con una burla acida.

– ¿Andras? Esa chica a qué viene, que se vaya. Deberían dejarme llevarla un hospital. No lo vez Hagen –se volteó a mí con cierta furia y brusquedad– lleva horas delirando y diciendo mil y un tonterías, dice mi nombre y dice el tuyo, dice el de todos sus amigos y el de muchos desconocidos.

– Deja que me encargue por favor Tom.

La voz cálida y pasiva de Andras se entrometió, sí, eso seguramente pensó Tom enseguida. Ella lo miró con serenidad mientras que Tom lo hizo con agresividad. Sin chistar Tom se levantó de la silla que si por él hubiera sido estuviera encima de la misma cama de Maureen.

Lo cierto es que poco entendía de su nuevo mundo pero cómo iba yo a persuadir para que Tom aceptara de buena gana que “ellos” tenían sus métodos. Hasta a mí me costaba trabajo asimilar que de alguna manera con la mujer que nací y he compartido hasta el más diminuto detalle no resultó ser un ser humano común, no. Ella era, según las palabras que repitió de alguien más, bendecida. Patrañas. Alguien que sufre como lo ha hecho mi hermana los últimos meses, no creo que sea un ser bendecido de alguna forma. Me perdí por un momento en sus parpados cerrados, aparentemente tranquilos.

– Más te vale… que no le hagas nada –dijo en un tono por demás de advertencia Tom para Andras, deteniéndose de golpe en el marco de la puerta de su habitación del pent-house con la mano fuertemente aferrada al mismo– o me veré en la necesidad de olvidar el aprecio que mi hermano siente por ti Andras.

Ella sólo se limitó a sonreírme con indulgencia, como si con ello me reafirmara lo testarudo y poco confiado que es Tom y sobre todo cuando de Maureen se trata.

– Descuida Tom, jamás hago un mal ni mucho menos lo deseo, a veces blasfemo. Veo y puedo reflejar todo lo que sientes por ella, si al trato que le voy a dar te refieres. Mírame Tom.

Él vaciló para darse la media vuelta y ver de frente a Andras.

– Mírame por favor –volvió a repetir con extrema dulzura y así lo hizo Tom. Andras clavó con fuerza su mirada en la de él– Fue como tomar una pequeña dosis de droga, tan solo lo mínimo necesitaba para poder engancharme, no a ella, a ti porque eso es lo que tú eres para mí. Eres eso que cada vez que estás a mi lado, tanto que dejo de percibir el mundo como se supone que lo es y me gusta mucho más cuando esa dosis de droga entra a mí. Claro, si comprendes el significado de lo que te acabo de decir…

Andras parpadeó un par de veces consecutivas como si algo la hiciera volver a la realidad, a todos en realidad; Tom estaba completamente tieso y su rostro mostraba desconcierto; yo pude percatarme que Andras sostenía la mano de mi hermana en la suya. Aquellas palabras que mencionó parecían dichas por alguno de los dos, o por Tom o por mi hermana. Tom comenzó a respirar como si el pánico se apoderara de él.

– ¿Ves a lo que me refiero? –habló de nuevo Andras, ahora con su cándido rostro que la caracterizaba–. Sabiendo eso, crees que me atrevería a hacerle algo malo.

Tom salió de la habitación disparado y Andras me dirigió una última mirada que la acompañó con una sonrisa bella que me invadió de paz. Seguí a Tom y esperé que bajara las escaleras para ir con su hermano. Fue todo lo contrario.

– Tom –lo llamé viendo que tomaba la perilla de la habitación de Mia– tu hermano está allá abajo.

– Sí y no me interesa, seguramente Mia le está haciendo compañía. Puede vivir un par de horas más sin mí –retiró la mano del picaporte y la volvió a cerrar la puerta que había dejado ya ligeramente abierta a penas con un pequeño haz de luz; me miró y pareció bacilar en su acción.

Subió las blancas escaleras de caracol que daban al piso donde cada una tenía un estudio personal y siguió su andar en el espiral de escalones. El siguiente nivel era el lugar donde se encontraba la amplia terraza con los camastros y el jacuzzi. Ahí fue donde se… nos detuvimos. Nos quedamos en silencio uno frente del otro durante un buen rato hasta que por voluntad propia me dio la espalda para observar quién sabe qué en el medio oscuro horizonte de Mancher.

Mis pensamientos me embargaron de golpe, tal vez pareciera que ella ya no me importaba, pero era todo lo contrario, solo que por miedo a lo desconocido temía preguntar algo que le hiciera daño, incluso Maureen sentía miedo y desesperación al no saber con exactitud qué era lo que le ocurría.

– No deberían estar aquí –escuché la tenue voz de Mia cerca de la puerta.

– Lárgate, déjanos solos –espetó Tom con furia, una que pocas veces le escuchaba– no estoy de humor para lidiar contigo…

– Ni yo Tom pero la persona por la que te preocupas, también me preocupa. Descuiden ella estará bien.

Sentí su mano delgada y huesuda sobre mi hombro, dándole un ligero apretón. Tom la miró de reojo con desdén y la poca luz que nos alumbraba hizo que su rostro pareciera uno muy demacrado y tétrico. Era la preocupación.

– ¿Qué es lo que le hacen ustedes y su asquerosa secta a la gente? ¿Por qué a ella? –suspiró Tom.

– Lo único que te puedo decir Tom –en un tono condescendiente con respecto al tono de Tom, Mia le respondió– que si te preguntas si a caso ella lo deseaba, tal vez ahora no. Pero no tenemos elección. Es algo que siempre ha estado dentro de nosotros. ¿Es algo que la pone en peligro constante? Sí, sí lo es. ¿Nos aterra? Por supuesto que sí y sobre todo porque no hemos podido acoplarnos como es debido, porque cada una tuvo un renacimiento diferente y nos costó aceptar que hacíamos cosas que, que las cosas que pasaban nosotras mismas las hacíamos. Bien o mal pero eren cosa nuestra.

Tom bufó de nuevo con sarcasmo.

– Hey, Tom escucha –traté de que captara mi atención en vez de que pusiera énfasis en una de las luminarias– no sé mucho pero creo que evadirnos no la ayudará en mucho.

– Es correcto Moritz –me apoyó Mia y agradecí el gesto con un asentimiento de cabeza.

– Lo que Andras dijo… ella, ella qué sabe de todas ustedes –dijo Tom evadiendo el tema a su placer. Desde luego, que podía hacerlo, el indignado era él.

– Sé muchas cosas, pero te lo repito Tom: jamás les haría daño, ni a ella ni a ti y a tu hermano…


… Γ έ ν ε σ ι ς …


«¡Oh por Dios!» dije para mis adentros. Lo cierto es que no estaña en lo absoluto cansada, al contrario me sentía muy bien, por no decir excelente. ¿Qué había pasado con exactitud? No tenía ni la menor idea pero la sensación de bienestar me rodeaba por cualquiera de mis puntos energéticos.

Caí en la cuenta de que estaba sobre mi cama.

Maldita sea. No sabía que materializar lo que pensabas fuera también un poder. Claro, cómo iba a serlo, eso no pasaba, no a menos que… que… el qué, era el importante y no hallaba una respuesta a por qué, ni cómo; mucho menos cuándo…

Aunque lo único que se movía sin cesar eran mis sorprendidos ojos, mi cuerpo conservaba la misma posición, de alguna manera, cómoda de la cual desperté. Esto hubiera sido la escena perfecta para un noviazgo perfecto: Tom y yo estábamos juntos sobre mi cama, mis brazos rodeaban su cintura y los suyos me rodeaban por la espalda; mi cara estaba clavada en su pecho y su barbilla estaba ligeramente recargada en la coronilla de mi cabeza; ni hablar de nuestras piernas que eran una serie de espirales entrelazados unos con otros. Y a pesar de eso tenía que admitir que era la posición más re confortable en la que había dormido, jamás.

El lio era salir de entre sus brazos sin despertarlo, debía salir de ahí; por mi bien mental y porque debía ir al cuarto de baño…

Desconcertada e incrédula lo miro desde el marco de la puerta, él tan tranquilo aún sigue durmiendo, su cuerpo sube y se ensancha no muy a menudo pero con eso me queda claro que nada lo molesta. Me encantaría zarandearlo para que me diera una respuesta a por qué esta mañana amanecí con él en la misma cama pero contemplarlo parece que me ciega cualquier otra posibilidad de pensamiento o acción. Que terrible. De verdad desearía que pasaran muchas cosas entre ambos y que dejáramos ese ridículo juego que comenzamos cuando apenas pasábamos los once años…


– Que dice Tom que salgas Moo…

– Que dile que no quiero.

– ¡Oye! –dijo con voz recia, cosa que rara y muy esporádicamente hacía– ve y dile tú. Que te quede claro que no soy un mensajero.

– ¡Hey, Moo! –dije con la voz temblorosa– lo siento, no… bueno Moo sólo era un comentario tonto.

– Pues los que se están pasando de tontos, son ustedes dos. ¡Bueno! Creen que no me doy cuenta o que soy idiota y lo que me sorprende es que tú, tú Maureen le sigas el juego a ese enano de mierda.

– ¡Oh vaya! Creo que hablan de mi –su tonito de burla nos detuvo.

– Georg, vaya… eclesiásticas palabras ¡eh! –y en ese momento nos percatamos que no venía solo, mamá estaba parada a su lado.

Sonriendo para nuestra sorpresa con su bolso colgando de su hombro y con el brazo que aun sostenía la perilla colgaba su bata en el antebrazo. De reojo vi como Moo se dejó caer sobre su cama y exhaló de enfado. Por reflejo tal vez, solté lo que Moo tenía en la cabeza.

– ¿Por qué lo dejaste pasar mamá? –enseguida levantó la ceja izquierda y encogió el rostro de pura sorpresa.

– ¿Ya se dieron cuenta ambos que afuera está lloviendo? –nos señaló con su dedo inquisidor con el cual uno prefería mirar a otro lado. Tom a su lado permanecía callado y con los brazos cruzados– Georg salte –le ordeno mamá.

– ¿Qué? –Moo brincó de inmediato.

– ¿Qué no escuchas? Vámonos…

– Oye mamá… pero…

­– Varick nos llevará al súper mercado, anda vámonos –dijo mamá como si fuera cualquier otro bello día.

– Pero… pero estos dos se van a quedar… ¿aquí? –si no conociera a mi hermano, él hubiera preferido quedarse desparramado en su cama haciéndose el sordo mientras Tom y yo discutíamos.

– ¿Confías en tu hermana? –mamá lo miró con las cejas en lo alto.

– Aha… –bisbiseó Moo.

– Yo también. Así que vámonos Georg –se detuvo antes de girar sobre su eje para hablarle de nuevo a Tom– y tú Tom… ¿viniste solo?

– Sí, Alexander. Bill está ensayando para un concurso.

Mamá torció el gesto. Ese par le eran tan familiar como lo éramos Moo y yo; por consiguiente se llevaba genial con Simone, mamá de los gemelos, tanto que siempre se escapaban a tomarse sus tragos los viernes en la noche y nos dejaban a préstamo en alguna de las dos casas. Ya nos estábamos acostumbrando a vernos más de lo habitual tanto los intereses de la banda de Moo como porque nuestros padres ya eran íntimos.

– Bueno, entonces cuando termines de pelear con Maureen –ante eso no pude evitar bufar y Moo simplemente se rió– y hayamos llegado me dices si quieres que te llevemos a tu casa.

– Eso es solo un truco para quedarte a chismorrear con mi mamá, Alexander.

Entre mi enfado no pude soltar una mirada irónica para lo certero que había sido Tom. Se quedó callado y de pie en el marco de la puerta hasta que se escuchó que el auto de Varick se alejó lo suficiente. Lo único que hacíamos era mirarnos el uno al otro sin parar y por segundos de una manera retadora.

– A qué viniste…

– ¿Ahora qué hice?

– ¿Qué? –sabía que Tom no lo había hecho pero una de sus ex novias se había encargado de ir hasta el C.U.M.­­– Oye, no todo en mi vida gira a tu alrededor ¿sabes?

­– ¡Ah, claro! Disculpa se sobre entendía que el único dolor de cabeza reciente en tu vida era yo. Además no creas que no me enteré que Amaia fue a armarte una escenita a tu escuela.

– Vienes a pedirme una disculpa en su nombre. ¡Qué lindo! –sentada aún sin moverme del escritorio donde poníamos la laptop y él en el marco. Me dieron unas ganas enormes de pararme e írmele a patadas directas en el trasero.

– ¿Disculpa aceptada? ­–no sé si se notó. El como mi rostro se desencajó de la sorpresa. ¿Era Tom el que me estaba pidiendo una disculpa, a mí?

Lentamente se acercó, tan sigiloso como una pantera, con la defensa muy bien activada, alerta todo el tiempo de la reacción que pudiese tener cualquier cosa a su alrededor y sin pensarlo dos veces me besó…


… Γ έ ν ε σ ι ς …


– Maureen… ¿Maureen?

«¡Mierda!» pensé de inmediato. Como pude me levanté. Desenredándome la sábana de las piernas, la aventé a medio camino donde lo primero que se me vino a la mente era buscar en el cuarto de baño.

– ¿Maureen? –toqué un par de veces con los nudillos a la puerta entre abierta– ¿Maureen estás ahí dentro?

No hubo respuesta de su parte. Abrí la puerta esperando verla de la manera que fuese pero que estuviera ahí. Nada.

Giré sobre mi eje para darme cuenta que la puerta de la habitación estaba abierta a más de la mitad. Tomé de la perilla para abrirla por completo y bajar los escalones a trompicones.

– ¡MAUREEN! ¡MAUREEN! –iba gritando.

– Tom, cállate. Estoy aquí.

Salió de la cocina con una ropa muy diferente a la que la había visto ayer. Como si nada estaba parada frente a mí y no pude evitar irme contra ella en un abrazo.

– ¿Estás bien? Pensé que te había sucedido algo… Dios, estás bien –no dejaba de estrecharla contra mí.

– Tom, ¿Qué pasa? Me estás asustando…

­– ¿Qué haces aquí? –no pude evitar sofocar el poquito miedo que me quedaba y le di un pequeño beso en los labios.

– Sólo vine por café. Tom, cielos, estás a nada de romperme una costilla… no puedo respirar…

– ¡Ah, sí, sí, claro! –la separé muy lentamente esperando a que no se fuera a desvanecer y que esto fuera una de esas macabras pesadillas donde las cosas parecen ir bien y de pronto todo se pone muy mal– ¿Estás bien?

– Sí.

– Y ¿Estás aquí?

– ¡Ahá! –contestó suave y con suspicacia.

– ¿Te sientes bien? –escruté su rostro.

– Tom qué chingados te sucede…

– ¡Oh! Dices malas palabras, eso quiere decir que si estás bien ¿verdad?

– ¡Osh! ¡Que sí Tom! Por qué demonios estás tan paranoico y… cómo es que llegaste a mi cama, por cierto.

– Entonces Andras no te hizo absolutamente nada…

– ¿Andras? –miró para la izquierda y después para la derecha­– tiene semanas que no veo a Andras, de qué me hablas Tom. Que acaso fuimos a parar al DragonFly o algo por el estilo…

­– Oye, de verdad estás bien… –volvió a mirarme a punto de ponerse histérica­– ayer, fui por ti con Hagen y…

– ¿Y? –me cuestionó al ver que me había quedado en silencio reaccionando un par de cosas.

– ¿No recuerdas nada? ¿Nada de lo que pasó ayer?

­– ¿Ayer? –enmudeció– no…

– ¿Nada?

– Ahm… hubo sexo de por medio y sin protección o…

Fruncí el cejo ante su respuesta toda incoherente.

– Ya, Tom. Dime qué clase de droga nos metimos que no recuerdo lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas.

– Andras fue la última en verte –sintiendo como la sangre poco a poco no bombeaba correctamente por mi cuerpo comencé a preocuparme­–. No hemos ido a ningún lugar, es más, yo fui a sacarte junto con Hagen de un lugar bien pinche lejos al cual fuiste y te metiste, cuando regresábamos comenzaste a delirar y te desmayaste el resto de la tarde la pasaste delirando y Mia llegó hecha un bólido cuando Hagen le llamó, ella llamó a Andras, necios se pusieron, no me dejaron llevarte a un hospital y tampoco le avisaron a Alexander. Andras llegó estuvo menos de una hora contigo, dijo que todo el tiempo estuviste de alguna manera consciente de lo que pasaba y hasta que no estuviste bien después de una plática con ella se salió de tu habitación y se fue. Dijo que estabas perfectamente bien.

«Nadie hizo nada más y se quedaron en santa calma. Hagen se fue a su departamento y Mia a su habitación después de que me peleé con ellos por su despreocupada actitud y me metí a tu habitación. Estabas profundamente dormida hasta hoy en la mañana que desapareciste y me dices que no recuerdas: nada…

– Nada Tom. No recuerdo nada de lo que me dices. Nada…





Ve al blog de Esme & Cassie y lee la descripción de la semana de los personajes en este capítulo.

3 comentarios:

●•Scarlëtt•● dijo...

Ella no recuerda nada...


¡Y yo no entiendo nada!...


Todo neuras el pobre Tommy...


En serio...No entendí ni las sombras, ni la materialización (Bueno, más o menos), ni eso de Andras y la mano y no sé que de la droga dentro de ella, ni mucho menos que todos anden bien conchas...



...También me pondría toda loca como Tom…


Besos!


S.K

Zaybet dijo...

Ya está bien... dejaré de ser un poco cruel y te diré un poco más de este capítulo :D

Ready!

¿Las sombras? si te refieres al sueño que tiene al principio Maureen, de cierto modo lo tiene pero alguien más lo altera.

¿La materialización? Eso, sólo es un comentario "dummie" que hace Maureen, pues recién acaba de descubrir que no es una persona normal y evidentemente mientras dormía pensaba en Tom, así que cuando lo ve a su lado expresa: "No sabía que podía materializar mis pensamientos"

¿Andras y el tomar la mano de Maureen? Recuerda que hay una lista de poderes, y a Andras le corresponde uno. Ella es especial en la vida de Maureen no sólo por amistad, sino por algo más... cuando ella recita la parte de: "Eres como una droga", es un diálogo que está en el subconciente de Maureeen y Andras tiene acceso a él al tocar su mano, Tom se da cuenta que aquello no es normal y más porque es algo que solo ellos dos deberían saber, nadie más... la cuestión es adivinar quién de los dos lo dijo, eso lo sabrás con el tiempo ;-)

¿Por qué todos anda bien conchas? *suspiro* De cierta manera, los Touraya confían en sus modos para sanar y resolver las cosas con temple, cosa que desde luego Tom no llega a comprender por ser solo un mundano más. Ahora lo que nos queda por resolver es: por qué sí Tom le dice a Maureen que Andras no se fue de su lado hasta que no la vio perfectamente bien, Maureen no recuerda nada...

Desde y con justa razón Tom actúa tan neurótico. Tom sufre =(

●•Scarlëtt•● dijo...

Jajajaja

Ok. Mi mente a quedado un poco mas clara...

¿Touraya?...Ya me salio otra pregunta...

Eso tampoco lo entendi, lo de renacer y todo eso, pero esperare, sere pasiente y dejare de ser tan preguntona :P

Graicas por resolver mis dudas!

Besos!



S.K