25 de febrero de 2010

Capítulo X [Parte 4] En tu mundo, en tu lugar, fingiré ¿Cómo?




[*Mariella Dekker*]


Escuchaba de nuevo su voz clara como hace algunos días, la misma y en el mismo irritantemente presuncioso que de un tiempo acá le había gustado tomar, adjudiquémoslo a que sus padres lo consentían y protegían para cualquier movimiento que él hiciera.


  • - Malle, guapa, creo que el tío éste se dirige a vosotros – me dijo Kin viendo que ni yo le hacía caso, ni él se movía seguramente de su ridícula posición.
  • - ¡Oh señorita que lindo acento tiene! – dijo él sentándose a un lado mío y Kin.
  • - ¡Ahmm vale! Pues creo que debo deciros… gracias – le respondió mirándome a mí que observaba a la nada del otro lado.
  • - Si os molesta mi presencia… fijaos que yo… puedo ir a ver… a quien me encuentro en el WC…
  • - ¡SÍ!
  • - ¡NO! – dijimos al mismo tiempo.
  • - ¡Vale! Que yo no entendéis…
  • - Mariella, Mariella – dijo él tocándose la barbilla y mirando los tragos en la mesa – no puedo creer que negaras lo nuestro, negarme a mí.
  • - ¡Cómo tú negaste muchas más! – dije sin meditarlo mucho y Kin ya me miraba bastante confundida.
  • - ¡Hola! Soy Robert – le tendió su mano a Kin con una estúpida sonrisa para hacerse pasar por gracioso, Kin como reflejo la tomó – mucho gusto.
  • - El gusto sois tuyo – dijo Kin con una repentina expresión de hostigo por los pocos modales y cero afabilidad que mostraba él.
  • - ¡Me encanta su humor! – me dijo señalándola.
  • - Es mucho mejor que el tuyo, te lo puedo asegurar – le dije de reojo.
  • - Y dime: dónde está tu noviecillo – paseaba por todo el lugar su mirada para buscarlo, aparte de ser torpe, estaba a punto de meterme en un lió – ahora de dónde saldrá si intento besarte en estos momentos ¿eh?
  • - Sería mucho más sencillo si, simplemente te fueras.
  • - ¡Ay no! – alegó como un niño cualquiera – yo dije que volvería – dijo muy orgulloso de si – así que aquí me tienes, ¡todo tuyo!
  • - Punto uno: jamás dijiste eso – en ese justo momento lo miré – punto dos: la que dijo que nunca volvería fue…
  • - ¿Ella? – me miró alzando las cejas – ¡vamos! ¿cuántos años han pasado? Y no puedes decir su nombre, que familia la tuya ¡eh! – Kin me miraba muy sorprendida por las palabras que imprudente soltaba a cada segundo Robert.
  • - ¡Sólo lárgate! – dije muy fastidiada y justo en ese instante un mesero me abordaba hablándome al oído.
  • - Señorita, ¿todo está bien? – al mismo tiempo en su libreta de comandas me mostraba una credencial, con un logo extremadamente familiar. Miré a donde él me señaló con la mirada, era tras mío, e identificaba a dos serios hombres vestidos de negro. Cuando regresé mi vista a Kin y Robert, buscaban entre la multitud con los ojos bailantes a quién yo miraba y bajaban la vista cuando los sorprendí. Con un movimiento de cabeza le indiqué a Kin que era hora de irnos, me levanté de la mesa y ella detrás de mío – está… todo bien, muchas gracias, el joven aquí sentado pagará la cuenta de ésta mesa.


Sin dejar que nada más pasara en el lugar, tanto con Robert, Kin y los hombres aquellos que aguardaron pacientes y discretos a que yo hiciera salida del lugar, preferí irme, era la segunda vez que Robert los ponía alerta, en realidad no sabía que seguían conmigo a pesar de todo el tiempo que llevaba yo viviendo en Alemania “sola”, y en realidad me sorprendían por su discreto trabajo durante todo este tiempo, mucho más que el fin pasado no intervinieran cuando me encontré de nuevo con Robert, tal vez fue la habilidosa llegada de Fabiho lo que los previno de hacerle frente a Robert.


No me di cuenta que ya estábamos fuera del lugar, hasta que Kin interrumpió mis pensamientos.


  • - ¡Qué cabrón se ha visto ese tío! – no sé si lo dijo en afirmación o en ironía – ¿qué ha sido todo ese show eh?
  • - ¡Nada! – dije sin preámbulos tomando las llaves de la camioneta que me entregaba el chico del valletparking y Kin subía del lado del copiloto.
  • - ¡Joder! Eso no sólo no ha sido nada, guapa eso fue… fue…
  • - ¡Nada! – repetí un tanto golpeado, lo cual hizo que se quedará callada y seria. Seguramente aprovecharía hablar con Ela en el primer momento en que la viera, sabía que yo no le diría ni una sola palabra en ese momento.


Iba un tanto ofuscada, sinceramente y no es que su presencia me hiciera volar en el aire de felicidad, al contrario, me recordaba cada una de las cosas por las cuales me encontraba sola desde hace muchos años ahí en Alemania; me daba a pensar todas aquellas cosas las cuales he dejado, he ganado muchas, no me puedo quejar pero hubiera sido genial compartirlas con ellas como todo lo que hacíamos cuando éramos unas niñas, cuando dábamos la vida por cualquiera de nostras.


Era justo el momento donde recordaba cuando la miraba por última vez a los ojos y enseguida todo fue odio y rencor. Al mismo tiempo estacionaba la camioneta sobre la acera de nuestra casa le pedía a Kin que bajase, me miraba desconcertada, en la casa sólo estaba estacionado el auto de François por lo menos no estaría sola; sin mucho ánimo y para que no pusiera objeción le avisaba que yo iría al departamento donde vivía, ella bajó.


Una entera mentira; desde luego no iba con dirección al departamento, manejé hacía el noroeste de Magdeburg; la camioneta fue reconocida enseguida y las puertas se abrían. Recorría aquel sendero lleno de árboles, irónicamente recordaba mis viejos cuentos de hadas, donde los caminos eran protegidos por las grandes copas de árboles que indicaban el camino a la felicidad, sólo que el mío no dirigía a ninguna. Detuve la camioneta al pie de las escaleras, salí y me recargué en el cofre de la misma, encendí un tabaco mientras miraba al oscuro horizonte que se alumbraba cada que cerraba los ojos y recordaba todo aquello que alguna vez nos hizo feliz; mire hacía la gran casa…


  • - Las extraño… – dejé escapar mientras el humo lo hacía a la par; miraba de arriba abajo la arquitectura que la engalanaba, algunas luces, estaban prendidas…




Por un momento un impulso desconocido me llevó a la ventana de la habitación donde me encontraba, la cual no era la mía desde luego, miré tras la translucida cortina hacia fuera. Mi sorpresa fue mayúscula, no era necesario retirarla, podía ver (a pesar de la oscuridad) claramente quién era, jamás podría olvidarla y es ella que está afuera con un cigarrillo en su mano sobre el cofre de una negra camioneta. No sabía qué es lo que hace exactamente, nada dentro de mí se acomodaba, no era rencor, no era odio, no era tristeza, no distinguía que sentía certeramente…




  • - Te extraño – decían ambas chicas, tan cerca y ni si quiera tenían idea de lo tanto que estaban. En el frió de la noche aquella chica con el cigarrillo entre sus dedos dejaba rodar una lágrima por su rostro, una de tantas que en silencio soltaba muy a menudo desde que su vida fue solitaria. En una simulada calidez de hogar la otra se tragaba su orgullo y erguía el cuerpo haciéndose la fuerte, una fortaleza que desde luego únicamente aparentaba y que lentamente la consumía al sólo tener frente a ella todos los días aquel ser que la hacía recordarla sin cesar.


La noche seguía su curso inminente, caía como las esperanzas que embargaba por momentos a ambas, las esperanzas de una sencilla palabra que, jamás, apostaban ambas, se darían, tragarse el dolor de no herirse, hería sus propios corazones, débiles de amor. Una noche extraña en esa ciudad. Mariella dejó caer el cigarrillo a medias aun encendido, daba un último vistazo a aquella casa, un suspiro perceptible para quien la veía desde lo alto de una ventana y se giraba para entrar en su camioneta. Aquella chica en la ventana apretaba entre sus manos la suave cortina que ocultaba su nítida figura, un ruego en silencio a que no se fuera… muy deprimente, el silencio, no se escucha, sus ruegos son inútiles, ella ahora se aleja con velocidad media por el mismo sendero que la condujo hasta ese discreto lugar.




  • - A dónde dices que se fue – le dije algo preocupado a Kin, y no era por lo tarde que era, sino el lugar que mencionó.
  • - ¡Vale majo! Qué preocupación la tuya, dijo que iría a su departamento, tenéis algo de malo eso – Kin buscaba entre la hielera seguramente algo que no fuera un lácteo.
  • - ¡No! No, no tendría porque ¿verdad? Últimamente le encanta escaparse los fines de semana, eso es todo – dije encontrando la escusa perfecta.
  • - Sí, pero su amigo no estáis en la ciudad François – dijo distraída ahora buscando un vaso.
  • - Sí, verdad, bueno yo me retiro a dormir… que tengas buena noche.
  • - ¡Gracias! majo, igual para ti.


La ventaja de dormir hasta el último piso de esa casa era que no escuchaban lo que hacía, la casa aún estaba sola, los demás tengo entendido siguen en el departamento al cual según Kin, Mariella fue, pero si hubiera ido ya hubiera obtenido alguna llamada de alguno de los chicos y como eso no pasó y los nervios de que esa mujer quién sabe dónde andaba decidí llamar yo.


  • - Aquí no ha venido – me contestó después de un cordial saludo su hermana Amélie – ellos siguen aquí pero Mariella no ha pisado éste lugar.
  • - Estás segura – volví a preguntar – no ha llamado a Ela o Kart.
  • - No, en verdad, ELA – gritó – ¡VEN! calma a tu amigo – escuché que le dijo a voz baja, cosa que no le resultó.
  • - ¿Qué sucede? – me preguntó.
  • - Kin me dijo hace unos minutos que según Mariella iba con dirección a su departamento.
  • - ¿Aquí? – exclamó bastante nerviosa – ¿hace cuánto tiempo fue eso?
  • - Más de una hora.
  • - Oye eso es demasiado, ni con el transito desbordándose por las calles haría tanto tiempo, ella aquí no está François, tal vez fue a otro lugar.
  • - ¿Entonces por qué le diría a Kin eso?
  • - ¿Iba enojada? – me regreso una pregunta que no había pensado antes.
  • - ¡Tal vez! Kin no lo mencionó, ahora que lo dices…
  • - Pues con su amigo Georg seguro no está, hemos estado llamándole parte de la tarde y después de que te fuiste y no nos ha contestado. Seguro fue con alguna de sus amigas o qué sé yo. Aquí el guardia del edificio tiene estrictas órdenes de avisar si ella se aparece aquí, relájate François nosotros llegaremos a casa en un par de minutos para dejar descansar a las chicas.


Bueno ahora resultaba que el paranoico era yo y no Ela, eso me ganaba por estar fingiendo y quedarme a cargo de ellas, con lo impredecibles que son las mujeres, que bueno que no me entrometo con ellas, sino, los dolores de cabeza con los que cargaría a diario por sus problemas, en cambio los hombres somos más sencillos, directos y menos complicados…

2 comentarios:

oreo_effeckt dijo...

Ayyyyyyyyyyyyyyyyy al fiiiiiiiiiiiiiin emoción suspenso y así!!!!!!

Genial *----*

y los hombres no son delicados... inche François desviado we... xD!!!


te amo <3

b@llen@ belug@ dijo...

q pex con ese Robert????